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vencejo

El vencejo común (Apus apus) es un ave apodiforme de la familia de los apódidos, especialmente adaptada para el vuelo, con alas falciformes, cola corta de horquilla poco profunda, boca muy ancha y grande rematada con un pico pequeño, plumaje negruzco con una pequeña porción blanca o gris bajo el pico, patas muy cortas y garras diminutas pero de presa extraordinariamente fuerte que le permiten asirse a sitios elevados ya que si cae al suelo experimenta gran dificultad en remontar el vuelo. Para que el animal pueda remontar el vuelo se le puede coger y soltarlo desde un sitio elevado.

Al oír la noticia de que los vencejos, de noche, vuelan dormidos a gran altura, nos conmovió saber que todavía existen seres para los que el sueño y el vuelo siguen siendo una misma cosa. Y por ahí vamos, o tratamos de ir, en este programa tan inútil como el sueño volador (o el vuelo soñador) de los vencejos.

Rimas de adolescencia
Vorem.com

Se marcharon los vencejos
a otros campos a emigrar
se secaron los olivos
quedó triste el encinar
y tú te fuiste con ellos
a otro hombre enamorar
con tus miradas azules
y tus labios por besar.



Desde los mismos orígenes de la zoología se sospechaba lo que a finales de la década de los 60 se constató: que los vencejos pasan la mayor parte de su vida en el aire; comen, duermen y copulan volando. Únicamente se posan para poner los huevos, incubarlos y criar a sus polluelos.
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Permanecen en vuelo ininterrumpido durante nueve meses del año. Las crías abandonan el nido por la mañana volando súbitamente, sin necesidad de aprendizaje previo, y no retornan a él jamás. De noche, estas aves se elevan hasta los 2.000 m de altura y allí duermen, volando.
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Durante su sueño el aleteo se reduce de los habituales 10 movimientos por segundo a tan sólo 7. Debido a sus extraños hábitos aéreos aún se desconocen muchísimas cosas de la vida de estas aves. Un dato curioso: El vencejo es el ave que mejor imita otros sonidos, ej. alarmas, teléfonos, a la perfección.


Los vencejos
Ramiro Rosón

En la azotea, desde
la balaustrada, miro los vencejos.
Como negras saetas,
danzan volando, con audaces giros,
en los desnudos áticos del aire.
Y los siguen mis ojos, admirados.
En un espacio libre de fronteras,
en una inmensidad vertiginosa,
ingrávidos, se mecen.

¿Qué leves garabatos
esbozan con sus alas,
afiladas tijeras de las brisas,
en la página azul de un vasto cielo?
¿Qué evanescentes formas, en las tardes,
sus vuelos insinúan,
enlazando sus hilos invisibles?
Mi alma les pregunta, silenciosa,
qué señales me envían,
qué me dicen sus vuelos.
Y sólo me responden,
lejanos en la altura, sus silbidos.

Lamentos elegiacos
de sílfides tornadas en vencejos
lloran la suave muerte
de un sol en el ocaso.

Originariamente, estas aves anidaban en paredes abruptas, en acantilados, en cuevas o en grandes árboles. Un día, el hombre empezó a construir casas resistentes; piedras y columnas se han utilizado para edificar grandes construcciones.
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Vaya ganga para las golondrinas, que han tenido que servirse de las fachadas y de los establos para instalar sus nidos. Después, los hombres se han puesto a construir inmensos monumentos: castillos, iglesias, palacios...
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Estos grandes edificios han resultado favorables para la nidificación de los vencejos. Así, aviones, vencejos y golondrinas se han adaptado tanto a las construcciones humanas que, hoy día, algunas especies dependen de ellas casi en exclusiva. Oh, hay algunas excepciones como algunos aviones y vencejos tradicionalistas, que han conservado sus costumbres ancestrales de anidar en cortados rocosos, como el avión roquero o el vencejo pálido.

Si numerosos monumentos históricos e inmuebles antiguos representan para nosotros un rico patrimonio, son también verdaderas casas a los ojos de los vencejos. Cuando renovamos estas construcciones antiguas, el riesgo es que se conviertan en "impermeables" para los vencejos: ya no hay cavidades ni huecos. ¡Todo está tapado!
Imposible para hacer su nido...



DE PALOMAS A VENCEJOS
Maria Teresa Martin Matos

Centenares de blancas palomitas
que dejaron los nidos desolados
recorrieron pasillos instalados
en siglos de cánticos y ermitas.

Aliviadas por juegos de termitas
soportaban estudios de prelados
escondiendo simpáticas bromitas
al pasar camarillas de ambos lados.

Oraciones sublimes entre muros
retenían palomas sin las alas
al abrigo de sueños todos puros.

En bandadas salieron por las malas
los vencejos haciéndose los duros
con heridas de noches y de balas.


En cuanto a las nuevas construcciones herméticas, hechas de cemento, de cristal, de acero... ni hablemos. Rascacielos y edificios modernos ya no presentan ninguna posibilidad para la nidificación de los vencejos comunes: ni agujeros ni grietas para vivir.
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Así, cada año, los vencejos son cada vez menos numerosos. ¿Qué pasará cuando todos los agujeros de las paredes y los techos estén tapados? En ningún caso los CPN esperarán para pasar a la acción. Salvemos los vencejos

El desarrollo de los jóvenes nidícolas es diferencial. Los órganos internos (hígado, riñones e intestinos) son los primeros en alcanzar sus peso definitivos. El sistema esquelético y muscular le siguen en el proceso y el plumaje de vuelo (remeras y rectrices) es lo que más tarda y marca el final del periodo nidícola. Bajo buenas condiciones alimentarias y de desarrollo, los jóvenes vencejos abandonan el nido con un ligero sobrepeso de 6-7 gramos con respecto a los adultos. Esta reserva les permite afrontar las primeras dificultades de la vida aérea puesto que el abandono del nido es definitivo.

Nada
Andres Trapiello

Te imagino, lector,
dentro de muchos años
leyendo estas palabras.
En tu mesa
una luz de bujía y una rosa
anunciarán el sueño,
un cuerpo, nada.

Es inútil que busques.
En la ceniza hay brasas
que podrías tener entre tus manos
sin quemarte. En tu pulso,
avisos, aprensiones, también nada.

Debes saber que, entonces,
quiero decir, ahora,
volvían cada año vencejos
y este viejo Madrid ya era viejo
con sus ciegas veletas y sus jardines muertos.

¿Qué buscas, pues, aquí? ¿Algo distinto?
¿Una forma tan sólo? ¿Esa nueva manera
de traer el ingenio, rimas, nada?
¿Buscas tal vez aliento,
saber que ha de morir contigo el mundo,
el hálito más puro de la vida,
el cantar de los pájaros
y los ríos de susurrar oscuro?

Yo mismo cuántas noches
fui devanando el tiempo
y cuántas, como tú, miré a los ojos
de esa hermosa figura cuyo nombre variaba,
primero amor, luego silencio, nada.

Te imagino, lector, dentro de muchos años.
Sigues aquí conmigo
sin que sepas tú mismo
que aquello que aquí buscas
es tu propio dolor, este Madrid,
el volar de un vencejo,
un tiempo igual al tuyo,
el bálsamo en el alma
de un aire limpio y puro.
Que buscas un misterio, vida, nada.

Ave joven, incapaz todavía de volar . Es interesante constatar también que el desarrollo de los juveniles en el nido está relacionado en gran medida con la temperatura ambiente. La entrada de frentes fríos o de mal tiempo en las áreas de nidificación disminuye considerablemente la oferta de plancton aéreo. Esto conlleva a un alejamiento temporal de los vencejos hacia zonas de mayor oferta o específicamente a los bordes de la zona de baja presión. Este movimiento evasivo se da sobre todo en los individuos de un año que por no estar en nidificación, no están ligados a un emplazamiento fijo, pero incluye también individuos en nidación (estos movimientos pueden ser de cientos de kilómetros). Los juveniles nidícolas en condiciones normales pueden sobrevivir a la ausencia parental durante cuatro días o más entrando en un letargo que reduce el ritmo cardíaco de 90 a 20 latidos por minuto y la temperatura corporal de 36-39°C a cerca de 20°C.


MI RECUERDO TRISTE DE LOS VENCEJOS
Hernán Alonso Abella

El eco de los tejados era
la plaza mayor de los vencejos.
Allí el cielo no se subía a las montañas.
La tierra tenía la piel de las raíces secas.
La tierra no tenía ojos,
las raíces secas eran los ojos de la tierra, acaso.

Ziquilón las arrancaba y no había más.
En el verano, ardiente la luz
que no dejaba ver que no había más.
En el invierno, la luz como un hielo
opaco no dejaba ver que no había más.
Luego, Ziquilón, se ponía las raíces en los oídos.
Las tejas cubrían las casas de tapial
y no había otros colores;

lo demás era el color del polvo:
los caminos secos, los hombres, las campanas,
las zarzas… las ranas,y los juncos
de la molderona y su agua triste.

Las casas eran los árboles de los pájaros.
Pero cuando llegaban los vencejos,
concretaban la luz y movían el cielo.
Y estos versos sobrarían,
porque qué no habremos dicho ya
de los vencejos, y de la primavera.

Ahora recuerdo que era primavera
por las zapatillas azules de las niñas.
Y que era mayo por las poesías
a la Virgen en la escuela de las niñas.
El maestro nos decía:
“no cojáis los nidos…”
y nos ponía el ejemplo de las madres.
Los mozos traían una escalera
y Ziquilón traía la muerte a los aleros.
Obligaba con el hierro a las crías de los vencejos,
aún con las primeras plumas.

A mi un caballo me pisaba los ojos.
Ellos decían que lloraba
porque un caballo me pisó los ojos.
El cestillo de mimbre
se llenaba de latidos y quejas la mañana de domingo.
Y ahora recuerdo que era domingo
por las alpargatas blancas de los niños
con la puntera azul.
Algunos se suicidaban
como goterones contra el suelo.

Y el cielo se estremecía
de bisectrices negras
que derrotaban su vértigo
a la altura de Ziquilón.
A las doce solares,
el Tute tocaba las campanas.
Bastaba para la merienda de la tarde.
El Tute era el campanero.

Su cabeza miraba
siempre hacia la izquierda.
De pequeño fue un parálisis –decía-.
El barro espeso se escondía
en los ojos de los niños
que no éramos valientes.
Es que el Tute las hacía hablar.
Pero la tristeza en el cielo se oía más.
Y aquello de “las madres”,
que decía el maestro.


Como todos los años a finales del mes de Abril, aunque cada vez antes, aparecen los pardos vencejos en el cielo. Vienen del sur de África. Hoy los he visto y oido por primera vez en este año. Eso quiere decir, en la lógica -o mejor, en el instinto- vencejil que se aproximan los calores y que hay comida a la vista, es decir insectos voladores.
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Por eso hacen tan largo viaje. Las colonias de vencejos comunes invaden el cielo y sus ruidosos chillidos nos avisan de su presencia al atardecer, cuando el sol comienza a retirarse. Anidan en los agujeros de paredes de las casas, que son como roquedos artificiales, su hábitat ideal.

Todos los años, cuando su algarabía delata su llegada, me acuerdo de las primeras veces que me percaté de que existían, hace mucho tiempo. Entonces, afloran recuerdos de la época, con sus olores primaverales, cargados de gratas sensaciones de la infancia. Por eso, cada vez que llegan los vencejos, me invade la nostalgia y una extraña sensación de pena me encoge el corazón, pensando que el tiempo va pasando y que todo sigue igual. Todo, menos yo.
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